Una parte significativa del malestar que presentan muchas personas autistas en la edad adulta no se origina en el autismo en sí, sino en la forma en que han sido abordadas —o ignoradas— dentro del sistema terapéutico. Durante años, la psicología clínica ha operado desde modelos incompletos, con escasa formación en neurodivergencia, marcos diagnósticos sesgados y enfoques que han priorizado la normalización de la conducta por encima de la comprensión del funcionamiento neuropsicológico.
La falta de formación específica en autismo adulto, especialmente en mujeres, ha llevado a errores diagnósticos, intervenciones no ajustadas y a la patologización de estrategias adaptativas. En muchos casos, la terapia ha reforzado la culpa, el sobreesfuerzo y la sensación de “estar mal”, en lugar de ofrecer un espacio de validación y regulación.
Esta colaboración con (@nel_with_tea) surge como una reflexión crítica sobre la responsabilidad profesional en psicología: antes de intervenir, es imprescindible comprender; antes de interpretar, escuchar; y antes de corregir, revisar los propios modelos teóricos. Trabajar con personas autistas exige rigor clínico, actualización científica y una ética que sitúe a la persona —y no a la norma— en el centro del proceso terapéutico.

